La multifuncionalidad de las plaquetas
( Creces, 2010 )

Estudios recientes demuestran las muchas funciones que desempeñan las plaquetas, aparte de defendernos de las hemorragias y facilitar la fluidez de la sangre. Extrañas células que no poseen núcleo y que sin embargo intervienen en múltiples procesos metabólicos. Por su eficiencia pueden ser muy útiles, pero también muy dañinas.

Las plaquetas nos defienden contra las pérdidas de sangre y es cierto. Si por alguna razón sangramos, inmediatamente ellas se ponen en acción formando un tapón que sella la herida. Por ello son tan importantes y abundan en el torrente sanguíneo, llegando a constituir el segundo tipo de células más numerosas, después de los glóbulos rojos. En cada milímetro de sangre hay cientos de millones de fragmentos de ellas. Por otra parte, su presencia asegura la fluidez de la sangre, lo que también es importante para que se puedan transportar adecuadamente, tanto los gases, como los nutrientes, las hormonas y los productos de deshechos de los tejidos, Sin embargo esta misma fluidez constituye un peligro, ya que si se produce una lesión de los vasos sanguíneos, la sangre fácilmente se vacía hacia los tejidos. Por lo general ello no sucede gracias a que las plaquetas se hacen presentes e inician inmediatamente la reparación de los vasos. En condiciones de normalidad ellas no son reactivas con respecto a la pared vascular, pero cuando se produce una injuria, responden inmediatamente, cambiando de forma y adhiriéndose en la zona lesionada de la piel hasta estructurar un tapón que detiene el sangramiento. Así su función es doble. Por una parte fluidifican la sangre y por otra taponan cualquier herida que llegue a lesionar los vasos sanguíneos, en un intento por detener la hemorragia. (Como se forman las plaquetas y como funcionan).

Durante los últimos años los investigadores han comenzado a darse cuenta que su responsabilidad va mas allá. Ayudan por ejemplo a curar las heridas, produciendo factores de crecimiento, además de otras moléculas que contribuyen también a la reconstrucción de los tejidos. Como si fuera poco, frente a la lesión, se encargan de despertar la respuesta inflamatoria, alertando a las células inmunológicas y contribuyendo también a atacar a los posibles gérmenes intrusos. Además se encargan de transportar sustancias químicas, como la serotonina que ayuda a regenerar las células hepáticas que hayan sido dañadas (Science, 7 Abril 2006, pág. 104). Dentro de su buena voluntad, también se encargan de proteger al sistema vascular de los recién nacidos.

Pero no todo es bueno, ya que las plaquetas pueden también causarnos la muerte, formando trombos que taponen las arterias cerebrales y producir una hemiplejia o dependiendo de la ubicación del trombo (arterias sanguíneas), producir un infarto cardíaco. También pueden potenciar un cáncer, una artritis reumatoidea u otras enfermedades.


Vida y muerte de las plaquetas

Las plaquetas son células muy especiales, ya que no tienen núcleo y tampoco poseen genes. Su tamaño es muy pequeño, midiendo aproximadamente 2μ, es decir, un tercio del volumen de un glóbulo rojo. Por estas características tan especiales, algunos sostienen que ellas en realidad no son células. Sin embargo se ha podido comprobar recientemente que son capaces de reproducirse y que poseen una actividad metabólica importante con un contenido proteico muy complejo. Nacen en la medula ósea, desprendidas a partir de los megacaricitos, que son células muy grandes derivadas de las células troncales hematopoyéticas, por influencia directa de una citoquina llamada trombopoyetina. Hasta hace poco, no se conocía el complejo proceso de su nacimiento, ni tampoco sus funciones y su vida. Hace solo tres años que por primera vez se pudo observar en ratas, como se producían las plaquetas en la medula ósea, a partir del megacariocito (Science, 21 Septiembre 2007, pág. 1767). El megacariocito se acerca y apoya sobre la pared externa del vaso sanguíneo, y desde allí va produciendo dendritas que penetran la pared. Una vez en su interior, van desprendiendo trozos de dendritas (protoplaquetas) que por posterior fusión, eventualmente van formando plaquetas definitivas (fig 1).

Pero parece que también se reproducen en el interior de los vasos sanguíneos. Andrew Weyrich y colaboradores de la Universidad de Utah en Salt Lake City, describen en la revista Blood, que han podido observar plaquetas aisladas de sangre fresca, en el momento mismo que se reproducen. En lugar de hacerlo en la forma mitótica convencional, como lo hace una célula normal, ellas van formando elongaciones en su superficie, que con uno o mas ensanchamientos, terminan por desprenderse, para terminar formando una plaqueta independiente (fig. 2). Con ello Weyrich concluye que las plaquetas tendrían la capacidad de replicarse en el torrente sanguíneo.

En un adulto, en condiciones de normalidad, para mantener los niveles normales de plaquetas circulantes se necesita que diaria y constantemente se estén produciendo entre 150.000 y 300.000 nuevas plaquetas. Sin embargo cuando las circunstancias lo requieren, su producción (trombopoyesis) puede incrementarse 20 veces o más. El proceso de producción mismo es objeto de estudios, ya que hay situaciones clínicas en que se requiere administrar plaquetas, como por ejemplo, pacientes poli traumatizados con grandes hemorragias, como también a pacientes que hayan tenido una disminución de ellas, como resultado de la quimioterapia. No es solo cuestión de administrar plaquetas por transfusión sanguínea, ya que son solo viables en un almacenamiento corto, no superior a cinco días.


La complejidad química de las plaquetas

Los procesos metabólicos de las plaquetas son dirigidos mediante substancias químicas, ya sea para activarse durante el proceso de la coagulación, como para que respondan colaborando con factores de crecimiento, mensajeros inmunológicos, enzimas u otros componentes necesarios para cada una de sus funciones. Los investigadores han identificado en el interior de las plaquetas, más de 1100 tipos de proteínas diferentes. Al no tener núcleo propio, se presume que esas proteínas son heredadas de sus células progenitoras, es decir, de los megacariocitos.

Paro a pesar de no tener núcleo, tienen su propia actividad metabólica. Según John Semple, del St. Michael`s Hospital de Toronto, en su interior contienen mitocondrias, capaces de proveerles de la energía que necesitan para las reacciones químicas necesarias para la síntesis proteica. Para ello, tendrían también ribosomas y las estructuras celulares necesarias para producir proteínas a partir de amino ácidos.

En la década de 1960 se ha comenzado acumular evidencias que demuestran que pueden producir sus propias proteínas, partiendo de amino ácidos que absorben del medio. En 1988 se confirmó que las plaquetas almacenaban pequeñas moléculas de RNA mensajeros (mRNA). En el mismo año, Weyrich y sus colaboradores observaron que las plaquetas fabricaban una proteína muy particular, denominada Bel-3, en respuesta a estímulos específicos. Ellas también producían otras proteínas claves como la citosina “interleukina 1β” que induce inflamaciones en respuesta a señales químicas. Ahora los investigadores tratan de investigar cuantas de sus proteínas son fabricadas por ellas o cuantas las heredan de los megacariocitos. Por lo menos algunas son producidas por ellas mismas.


Las plaquetas, las grandes defensoras

Steffen Massberg y sus colaboradores del Centro del Corazón en Munich, atribuyen a las plaquetas un nuevo rol. Ellos han descubierto que en ratas curan el “ductus arterioso”, obturando este corto circuito vascular que en ocasiones persiste sin ocluirse, desde la etapa fetal. Ellas logran formar un sello permanente en el lumen del ductus que transporta sangre del pulmón. Pareciera que el mismo mecanismo funciona en el ductus arterioso de los seres humanos. Los investigadores estudian retrospectivamente a niños prematuros y encuentran que los que tenían un bajo recuento de plaquetas eran más propensos a que el ductus permaneciera abierto. Si esta relación se confirma, puede llegar a ser una nueva forma de tratar a los prematuros, que son particularmente susceptibles a la permanencia de esta condición.

También las plaquetas parecen proteger contra la invasión microbiana. Hace seis años se descubrió que las plaquetas tenían receptores tipo Toll, (TLRs) capaces de reconocer estructuras químicas propias de de microbios (Las defensas inmunológicas innatas). Semple y sus colegas han encontrado que cuando los patógenos se encuentran con receptores TRL de plaquetas, aparece TNF-α, un compuesto que desencadena inflamación, siendo este uno de los más eficientes mecanismos de protección contra los microbios.

Algunas veces las plaquetas desarrollan un rol aun mas activo contra los invasores. Los cautivan y los llevan hacia los macrófagos, que pueden destruirlos. Mas interesante es lo que sucede con el parásito de la malaria, donde las plaquetas se montan sobre la superficie de los glóbulos rojos contaminados y desde allí matan al parásito que está en su interior (Science, 6 de febrero 2009, pág. 797).

Algunos investigadores especulan que siendo las plaquetas tan numerosas, debieran ser unas de las células más importantes detectores de patógenos. Su talento inmunológico probablemente es un resabio evolutivo de animales primitivos, cuando un solo tipo de célula era suficiente para la defensa y la homeostasis (prevención de pérdida sanguínea). Hoy en día los insectos tienen este tipo de célula multipropósito, llamadas hemocitos. “En etapas evolutivas posteriores las plaquetas han evolucionado hacia agentes homeostáticos, pero en alguna forma, preservando sus funciones inflamatorias”, dice Semple.


No todo es favorable

Es cierto que las plaquetas son amistosas al cuidarnos de las pérdidas de sangre y también contribuir a protegernos de los agentes infecciosos. Sin embargo también tienen aspectos, que sin desearlos, son muy negativos. Ellas en alguna forma intervienen en más de la mitad de las muertes en la edad. Es que son culpables de la formación de coágulos sanguíneos debido a que se agrupan en las arterias, hasta obstruirlas, causando infartos cardíacos o parálisis cerebrales. Es por eso que las personas con ateroesclerosis u otras patologías, consumen drogas antiplaquetarios, como la aspirina o el clopidogel, con las que logran prevenir la formación de coágulos.

Pero mas recientemente se ha encontrado que las plaquetas son culpables también de otras condiciones patológicas: las “sepsis”, que son sobre reacciones inflamatorias que se producen contra los microbios, las que puede llegar a producir desbastadores efectos en los diferentes órganos.
No ha sido fácil desarrollar drogas para tratar la sepsis, pero por lo menos dos recientes estudios están logrando una nueva estrategia, fabricando drogas dirigidas a impedir la acción de las plaquetas. En el 2007, Paul Kubes y sus colaboradores de la Universidad de Calgary en Canadá confirman que durante la infección del torrente sanguíneo, las plaquetas que han detectado bacterias vía su TLR, llaman a los neutrófilos. En respuesta estas células inmunológicas liberan “atrapadores neutrófilos extracelulares” (NETs), que son trozos de DNA que atrapan a algunos tipos de microbios. En los vasos sanguíneos pequeños de los pulmones e hígado, muchos neutrófilos ocupan la superficie interna y van estructurando una red que detiene a las bacterias que tratan atravesarla (figura 3). “Este mecanismo defensivo es el último esfuerzo para defenderse de la infección sistémica”, dice Kubes.

Una de las complicaciones de la sepsis es la llamada “coagulación intravascular diseminada. Esta condición produce sangramientos y una amplia coagulación en el interior de los vasos sanguíneos y en definitiva es la culpable de la mitad de las muertes que se producen durante las sepsis. En el 2008, Jamey Marth y sus colegas de la Universidad de California, Santa Bárbara, publican un trabajo en Nature Medicine señalando como el hígado trata de responder frente a esta eventualidad, removiendo las plaquetas de la circulación.


Plaquetas en la artritis reumatoidea

Se trata de una enfermedad autoinmune que afecta la cobertura de las arterias, produciendo inflamación y mucho dolor. Hasta ahora estos síntomas se han atribuido a las células inmunológicas, como los linfocitos T y B, pero ahora comienzan también a culpar a las plaquetas. David Lee y sus colaboradores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, reproducen la artritis reumatoidea en ratas y al mismo tiempo destruyen el 95% de las plaquetas, observando que con ello se elimina la inflamación de las articulaciones (Science, 29 de Enero, 2010 pág. 580). Según Lee serían trozos de plaquetas las que incrementarían la inflamación, incrementando también los molestos dolores.


Las plaquetas y el cáncer

Desgraciadamente también en el cáncer parece que intervienen las plaquetas potenciando su acción nociva. Ellas pueden ayudar a los tumores a promover la angiogénesis (formación de vasos sanguíneos), contribuyendo con moléculas que incrementan este proceso. No solo favorecería el desarrollo de los vasos sanguíneos, sino que también ayudaría a mantenerlos activos, en la misma forma que colabora en mantener los vasos activos en una herida. Judah Folkman de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard y sus colegas, encuentran que las plaquetas previenen en los tumores se deterioren los vasos sanguíneos liberando algunas moléculas protectoras. La identidad de ellas, aún permanecen desconocidas.

También, de acuerdo a Joseph Polumbo y colaboradores del Centro Médico del Hospital de Niños de Cincinnati, las plaquetas colaborarían con las células tumorales para que pudieran evadir los ataques de las células inmunológicas, especialmente las células asesinas (natural killers), facilitando de este modo la extensión del tumor y la formación de metástasis. Para esto Polumbo sospecha que las plaquetas liberarían substancias químicas que anularían a las “natural killer cells”. En la actualidad están tratando de buscar una nueva arma terapéutica, tratando de contrarrestar esta acción de las plaquetas.

Para mayor información, ver artículo de: Mitch Leslie, Science, vol. 238, Abril 30, pág. 562, 2010.


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